lunes, 16 de julio de 2012

KIPUTZ

KIPUTZ

El ultimo descrubimiento de los "arqueo-exploradores" de Munibe

No sabemos si el término “arqueo-exploradores” es el más ortodoxo o correcto para definir a los azkoitiarras Miel Sasieta y Juan Mari Arruabarrena, pero a quienes les conocemos y apreciamos, nos gusta.

Miel Sasieta, con setenta y cinco años a sus espaldas, pero con la garra y el espíritu de un joven de veinticinco, tiene el orgullo de ser el descubridor de un centenar de yacimientos prehistóricos, un merecido honor para quien, como en él, la arqueología ha sido y es parte de su propio ser.

Juan Mari Arruabarrena, cuarenta y ocho años, es uno de los alumnos aventajados de Miel y codescubridor, junto a su maestro, de yacimientos tan importantes como la cueva de Praileaitz en Deba, una cueva santuario que debido a las características de los materiales hallados en élla, ha sido catalogada por los expertos como “única” en Europa.

Miel Sasieta observa una costilla de ciervo.
El buen estado de conservación de huesos como éste, con más de 15.000 años, llama nuestra atención.

Aprovechando que ambos se encuentran trabajando en la excavación de la cueva de Kiputz, en Mutriku, nos hemos acercado hasta el lugar para conversar con ellos y, de paso, conocer este interesante yacimiento.

Cuando llegamos, tan sólo vemos a Miel; el resto del equipo se encuentra trabajando en el interior de la cueva que, para nuestro asombro, al estar excavada verticalmente, se asemeja más a una sima.

La excavación la lleva a cabo el grupo Munibe de Azkoitia bajo la dirección del bizkaino Pedro Castaños, un biólogo doctorado en paleontología y especializado en macromamíferos del cuaternario.

El equipo está compuesto por cuatro personas, una de ellas el lekeitiarra Xabier Murelaga, ausente en ese momento.

A los pocos minutos de nuestra llegada, como brotando de la tierra, van apareciendo en la boca de la cueva, las cabezas de Castaños y de Juan Mari Arruabarrena.

Tras los primeros saludos, nos percatamos de que las explicaciones dadas por Castaños, se están convirtiendoen una maravillosa y amena lección de prehistoria. Nos habla del entorno, de las características y de la cronología del yacimiento.

- Kiputz nunca ha sido una cueva habitada sino una trampa natural donde caían los animales. Loshuesos hallados en ella corresponden a una franja que va desde los veinte mil a los catorce mil años.

Durante esa franja de tiempo, tuvo lugar el final de la última glaciación, motivo por el que se explica la existencia de numerosos restos de reno en esta cueva, un animal muy común en zonas con clima ártico. Por aquel entonces, la costa se encontraba una docena de kilómetros más alejada que en la actualidad, y lo que hoy es la plataforma marítima continental era por entonces una inmensa pradera en la que pastaban y se movían renos y bisontes.
Para que os hagáis idea de la importancia de este yacimiento, os diré que es el más importante de toda la Península Ibérica en cuanto a huesos de reno. Hemos sacado más de dos mil huesos.

Castaños, a la derecha, y Sasieta, tras él, muestran los restos de prehistóricos micromamíferos.
Como dice Sasieta, algunos de ellos son dientes de “xagus”
Preguntado sobre la existencia de restos de otros animales, nos dice que además de reno, están sacando numerosos restos de ciervo, de bisonte e incluso una mandíbula de león (Panthera leo).

Y como queriendo completar la información, interviene Miel Sasieta: “sacamos una cabeza de bisonte preciosa, tenía una envergadura de noventa centímetros. La mandíbula del león tenía dientes de leche, correspondía a un ejemplar joven”.

Nos llama la atención el buen estado de conservación de los huesos. Por su apariencia, pocos dirían que tienen una antigüedad de quince o veinte mil años.

- ¿A qué se debe su buen estado de conservación?, les preguntamos.

- Al ser una zona Kárstica, el subsuelo es muy alcalino, lo que beneficia a la conservación de los huesos. Mientras charlamos, vemos que Miel pasa su mano sobre la tierra depositada en una criba. Le preguntamos qué es lo que busca en esa tierra, pues los huesos que hemos visto, debido a su gran tamaño, nadie diría que necesitan ser cribados.

- Son restos de micromamíferos, estos se los dejamos a Xabi Murelaga para que los estudie. Es su especialidad.

Cogiendo un pequeño puñado de tierra y seleccionando dos pequeñas piezas, finas y alargadas, nos pregunta:
¿Sabéis lo que es esto?, son dientes de “xagus”, de xagus prehistóricos.
¡Bueno!, tendréis que ver la cueva, ¿no?
.
Juan Mari Arruabarrena escudriña la pared mientras nos indica a qué tipo de animal corresponden los huesos que sobresalen.
Miel Sasieta nos invita a descender por la frágil escalera metálica. Muy gustosos, aceptamos la invitación. Son cerca de seis metros en vertical. Al llegar al fondo, Arruabarrena, que nos ha precedido en el descenso, nos indica que tengamos mucho cuidado. El espacio es muy reducido y una pisada fuera de lugar podría causar un desperfecto.

El azkoitiarra nos explica con todo detalle las características y procesos de la excavación. Señalando una parte del suelo, nos dice: “la roca nos indica que hemos tocado fondo. Esta es la tercera campaña y aunque es posible que se realice una cuarta y definitiva, nuestra labor aquí está prácticamente finalizada. Ahora llega el estudio de los materiales”.

Nos despedimos de Arruabarrena, que continúa trabajando, y ascendemos hacia el exterior. Fuera, Castaños espera para descender y continuar con su trabajo.

En el exterior prosigue nuestra conversación con Sasieta. Nos percatamos de que con breves y similares intervalos de tiempo se escucha la voz de su discípulo, que desde el fondo le grita: ¡Miel!, ¡tira!.

Sasieta comienza a tirar de la cuerda de la polea, acarreando el cesto que contiene la tierra excavada para, tras ser minuciosamente cribada, arrojarla a la escombrera.

Viendo la ingente masa de tierra depositada en el lugar, le preguntamos:

- ¿Cuántas toneladas de tierra calculas que habréis sacado?

- Calculo que unas sesenta o setenta toneladas, cesto a cesto. Y sonriendo prosigue: es un buen ejercicio.

Conscientes del enorme esfuerzo físico y de paciencia que supone dicha labor, le comentamos con sorna: “consuélate pensando que hay gente que paga por ir al gimnasio”.

En primer plano, Miel Sasieta en la boca de la cueva.
Tras él, Pedro Castaños.

Estamos interesados en algunos datos concretos del yacimiento.

- ¿Cuándo descubristeis la cueva de Kiputz?

- Fue en el año 2002. El entorno, rico en yacimientos, nos decía que las posibilidades de encontrar algo nuevo eran elevadas. Hablamos con los baserritarras de los caseríos cercanos por si conocían la ubicación de alguna cueva o agujero en la zona, algo que nos diese una pista. Nadie conocía más de lo conocido hasta entonces. Rastreamos el terreno palmo a palmo hasta que, entre la maleza, vimos unos pequeños agujeros. Realizamos las catas y aquí estamos. Esta cueva que veis aquí es “Kiputz IX”.
Eso quiere decir que es el último yacimiento de una serie de nueve, todos ellos localizados en este mismo lugar.


Al imaginarnos a estos hombres ascendiendo y descendiendo por laderas y barrancos, rastreando entre zarzas y espinos en busca de una pista que les guíe hasta un nuevo objetivo, recordamos la conversación mantenida hace unos meses con el doctor en arqueología Xabier Peñalver.

Refiriéndose a ellos comentaba: “Si no existiesen personas como éstas, tampoco nosotros podríamos trabajar. Ellos son los sabuesos que detectan los yacimientos, realizan las catas preliminares y el informe. Nosotros vamos tras ellos y somos quienes excavamos y realizamos el estudio científico. Lógicamente, son dos procesos complementarios”.

Conscientes de la enorme importancia científica y cultural de yacimientos como éste, le preguntamos si la gente los respeta:
 
- Sólo te diré que a veces nos han robado hasta las herramientas de trabajo. La gente no es consciente del mal que puede ocasionar. Es una cuestión de educación y de cultura.

- ¿Qué me dices de los piratas?

- Esos nunca faltan. Son aficionadillos, buscadores de “tesoros” sin ninguna preparación en esta materia y no tienen ni idea del mal que hacen. Gracias a Dios, la ertzaintza de vez en cuando da una ronda para controlar ciertos lugares. La gente debe saber que no se puede excavar así por las buenas. La manipulación sin autorización, la destrucción o la expoliación del patrimonio están severamente penadas por la ley.
El paleontólogo Pedro Castaños, director de la excavación, nos muestra el homoplato de un cérvido exhumado pocos minutos antes.

- Tienes setenta y cinco años. ¿Piensas ya en el relevo?

- Llevo en esto cerca de cuarenta años. Hace treinta que introduje a jóvenes como Juan Mari Arruabarrena, Jesús Larrañaga, Jesús Aizpuru, Fernando Garmendia y otros más en este campo, dentro del Grupo Munibe. Entonces eran unos chavales. Algunos han ido abandonando. Ya sabes, el trabajo, la familia... Se necesita tener mucha afición y amor por la prehistoria. Eso conlleva el tener que sacrificar muchas cosas.
En cuanto a si pienso jubilarme del tema, te diré que sí, pero cuando tenga ciento cincuenta años. Todavía quedan muchas cosas por ser descubiertas.


Sabemos que es cierto lo que nos dice, pues conocemos cuál es la espina que el veterano “arqueoexplorador” tiene clavada en lo más profundo de sus entrañas. Sabemos que el viejo zorro y su sombra Arruabarrena no van a parar hasta descubrir lo que llevan buscado desde hace muchos años.

Ello nos lleva a formularle la siguiente pregunta:

- En cuevas de diferentes cuencas de Gipuzkoa y en alguna de Bizkaia se han descubierto pinturas rupestres. ¿Cómo se explica que en la cuenca del Deba, siendo ésta la que más yacimientos posee, no haya aparecido una sola cueva con pinturas?

Haciendo un gesto muy ilustrativo con su cabeza y entornando sus ojos como deseando hallar la ubicación del arca perdida o de las minas del rey Salomón, nos responde:
 
- Es cierto que tras el descubrimiento de las pinturas magdalenienses de Ekain en 1969, cueva situada en el valle del Urola aunque en el término municipal de Deba, no se ha vuelto a descubrir ninguna nueva pintura en este territorio. Aquel descubrimiento tuvo su dosis de suerte. La pista fue un pequeñísimo agujero abierto en la tierra, debido a un desprendimiento. ¿Cómo iban a pensar Andoni Albizuri y Rafael Rezabal, mientras reptaban a través de aquel minúsculo agujero, que estaban a punto de introducirse en el considerado actualmente como uno de los cinco mejores santuarios rupestres del mundo?.
Algo me dice que no muy lejos de aquí, sellado por la tierra, tiene que haber no uno, sino varios Ekain.


Sonreímos mientras pensamos de nuevo en su espina. Sabemos que el de Azkoitia y sus muchachos no van a parar hasta conseguirlo.

Va cayendo la tarde. Nos despedimos de Miel, y asomándonos a la boca de la cueva hacemos lo propio con Castaños y Arruabarrena. Cuando nos disponemos a partir, escuchamos una estruendosa voz que procedente del fondo de la cueva nos grita:

- ¡No se os olvide escribir en el artículo que no tengo forma de quitarme a ése de encima!

Es la voz de Arruabarrena refiriéndose a su maestro, Miel. Tras la carcajada general, nos comprometemos a hacerlo. Cuando vamos a comenzar la ascensión hasta el lugar donde hemos aparcado nuestro vehículo, Miel Sasieta nos pide que les hagamos el favor de acarrear varias bolsas hasta los suyos. Son los huesos: unos maravillosos y merecidos trofeos que, con una antigüedad de hasta
veinte mil años, representan una valiosa reliquia del remoto pasado de Euskal Herria.

El artículo fue publicado en la revista Amalur, en Octubre de 2006.

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