domingo, 13 de julio de 2014

DEBA Y LA PIEDRA

Durante siglos, la extracción y el trabajo de la piedra ha representado el modo de vida y sustento de numerosas familias del municipio. Todavía hoy nos suenan cercanos los nombres y apellidos de canteros como los hermanos Antonio y Francisco Arrizabalaga “Txarturi”, los hermanos Joaquín y José Mari Aperribay Zubiaurre y sus hijos, el cantero y adoquinador Pablo Aranceta o el lasturtarra Francisco Albizu “Soarte”. 
Muchas han sido las canteras que a lo largo de la historia han sido y son explotadas en Deba, la mayoría de piedra caliza; entre éstas, las históricas de San Nicolás, Urkulu, Gaztelu, Duquesa, Goltzibar o Istiña (Antsondo).
La piedra caliza debarra ha sido tan apreciada, que la población incluso dio  su nombre a uno de los diez mármoles más conocidos del país: el “Gris Deva”. Este mármol al igual que los denominados “Gris Duquesa” y “Rosa Duquesa” son aún extraídos de las canteras de Lastur.


Santuario de Arantzazu. En primer plano los apóstoles de Oteiza,
 al fondo las piedras talladas por Francisco Albizu "Soarte".


La caliza conocida como “Gris Deva” ha sido utilizada  en la construcción de numerosos y conocidos edificios. En 1948, el cantero local Patxi Albizu “Soarte” fue contratado para elaborar y suministrar 7000 piedras en forma de punta de diamante para la edificación de las torres del Santuario de Nuestra Señora de Arantzazu. Las piedras elaboradas por “Soarte” de forma artesanal fueron extraídas de la cantera Urkullu de Lastur.

Operarios de la cantera de Arronamendi, probablemente en la década de 1940.

Pero la caliza no ha sido la única piedra extraída de nuestras canteras. Hasta los años cincuenta del siglo veinte, las ya desaparecidas canteras de Arronamendi situadas en los acantilados costeros, actualmente “Geoparque de la Costa Vasca”, albergaron hasta seis empresas explotadoras de piedra arenisca calcárea destinadas a la elaboración de adoquines. Según se dice, durante los años treinta del siglo XX, en la cantera de Arronamendi trabajaron hasta cien personas. Curiosamente, el propio nombre de este monte y cantera guarda directa relación con la actividad ejercida en ellos, ya que “Arronamendi” está formado por la unión de las palabras “(H)arri” “ Ona” y “Mendi” (piedra, buena, monte) lo que en euskara viene a significar “monte de buena piedra”.
                                                                                            

Uno de los propietarios de la última cantera explotada en Arronamendi fue mi propio abuelo, Pablo Aranceta Lasagabaster. Todavía hoy, mi madre recuerda cómo a finales de los años treinta o comienzos de los cuarenta la empresa estuvo a punto de firmar un contrato millonario para la elaboración y suministro de toneladas de adoquines con destino a Holanda. Estos iban a ser utilizados en la construcción de los “polders”; pero lo que parecía iba a ser un gran negocio quedó suspendido definitivamente con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
También recuerda cómo siendo una adolescente ayudaba a la economía familiar llevando el control de los adoquines cargados en los vagones de ferrocarril en el muelle de carga de la propia cantera.
Todavía en los años cincuenta, siendo yo un niño, era normal que la guardia civil acudiese habitualmente a nuestra casa, situada en la Plaza Zaharra, para controlar las cajas de dinamita que mi abuelo guardaba en el camarote o desván de casa con destino a la cantera. Eran otros tiempos y lo que para las normas de seguridad hoy es una barbaridad, entonces se veía como algo normal.

Elaboración de adoquines en la cantera de Arronamendi.
En primer plano Francisco Arrizabalaga "Txarturi".
                                        
La labra de los adoquines era realizada artesanalmente, uno a uno, en la misma cantera y posteriormente estos eran cargados en vagones de ferrocarril con destino final, a veces vía marítima, a muy diversos lugares de la geografía como Asturias, Cantabria, Cataluña o Castilla.
Generalmente, los propios canteros de la explotación eran los encargados de realizar la obra de calles, plazas, puertos, o carrejos, residiendo éstos, a veces con sus familias, en muy diversos lugares durante el tiempo que durasen las obras. Esa es la razón por la que mi madre, Irene Aranceta Lecuona nació en Oviedo: “el adoquinado”.
En las canteras de Arronamendi trabajaron populares personajes como el conocido bertsolari Txirrita.
La piedra debarra  ha sido también el elemento por el que han pasado a la historia del deporte rural nombres de harrijasotzailes como  Victor Zabala (Arteondo), Manuel arakistain (Ziaran Zar), Angel Albizu (Soarte), José Manuel Agirre (Endañeta) o incluso mujeres como Dámasa Agirregabiria popular fémina harrijasotzaile durante los años treinta del siglo XX.





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