viernes, 13 de julio de 2012

FRANCISCO TURRILLAS BORDAGARAY

De la redaccion a la trinchera , y al exilio

La idea de redactar este artículo tuvo su origen en Lekeitio. Por motivos profesionales me había reunido con alguien al que hasta entonces no conocía y con el que desde ese día, por afinidades de tipo cultural y humano, me considero amigo: José Luis de la Torre.

Me había presentado con mi nombre y apellido. Al no ser el “Turrillas” un apellido muy común en los Territorios Históricos Vascos, salvo en el navarro, de donde procede, motivó un breve comentario tanto sobre su origen como el de mi familia paterna.

Mis apellidos paternos, es decir, los heredados por vía Turrillas, son además de éste, Bordagaray, Imirizaldu y Ganboa. Todos ellos con más autentica denominación de origen navarra que el espárrago o el pimiento de piquillo. Buena prueba de ello es que la pequeña población de Turrillas, situada al pie de la carretera que conduce de Lumbier a Aoiz, se encuentra a muy pocos kilómetros de otra cuyo nombre cuelga de las ramas más altas del árbol genealógico de mi familia: Imirizaldu.



No habían transcurrido quince días desde mi entrevista en Lekeitio con José Luis de la Torre, cuando tuve la agradable sorpresa de su visita, esta vez en mi oficina, en Deba. Mientras estrechábamos nuestras manos saludándonos, su mano izquierda sujetaba un pequeño fajo de documentos fotocopiados hacia el cual se desviaron mis ojos. Mientras me miraba sonriendo, lo alargó diciéndome: ¡A ver si conoces esto!

Sin detenerme a leerlo, dí un rápido repaso visual a la primera hoja de aquel fajo, deteniéndome tan sólo en el encabezamiento y firma de ésta. Estaba fechada en Lisboa el 12 de Marzo de 1942, tres años después de finalizada la guerra civil española. Terminaba con la firma: Francisco Turrillas Bordagaray. Legación de México. Lisboa.
Junto a ésta, el sello registral de donde procedía el documento original: Fundación Sabino Arana. Kultur Elkargoa. Archivo del Nacionalismo.
Fue el mejor regalo que he tenido en mi vida, o al menos, uno de los más apreciados (en parte, porque soy un apasionado de la historia de Euskal Herria). Aquellas hojas eran un verdadero documento histórico sobre el exilio vasco. Por otra parte, se trataba de mi tío Paquito, nombre con el que era conocido entre sus más allegados. Desde muy niño siempre había sido el tío más admirado, porque además de ser escritor, algo que para mí representaba el sumun de las profesiones, era conocedor de sus gestas, antes, durante y después de la guerra civil.

Todavía recuerdo el día en que recibí una de sus cartas. Tenía yo dieciocho años y estaba a punto de ingresa en el Seminario de San Pablo, en Cuenca. No conservo aquella carta, pero recordaré hasta mi muerte el texto prácticamente íntegro de aquélla.

“Mi querido sobrino Alejandro: he recibido con alegría tu carta, pero al leerla me ha dado un vuelco el corazón y me ha producido una enorme tristeza.

Me dices que vas a Cuenca, a cursar estudios en el seminario. No sé si sabrás que allí, junto a las tapias del cementerio, fueron fusilados abrazados dos tíos tuyos, hermanos míos y de tu padre. Uno de ellos dejó a su familia en París, donde vivía, alistándose en las Brigadas Internacionales. Ambos lo hicieron para defender a su patria y a los ideales que creyeron justos. Sólo te pido que te acerques hasta aquel lugar para rezar una oración por ellos.”...

Hijo de Carlos Turrillas Imirizaldu, un donostiarra de origen navarro, y de María Bordagaray Ganboa, la historia de Paquito Turrillas comienza en Donostia, en su barrio más auténtico y en la más auténtica de sus calles: la calle 31 de Agosto.

Huérfano de madre desde muy niño, su carácter inquieto, abierto, y con mucho nervio, hizo que, tras sus primeros estudios, ingresase muy joven en la plantilla del entonces conocido periódico donostiarra: “La Voz de Guipúzcoa”. Tras la entrada de las tropas fascistas en la capital guipuzcoana, incautado este periódico, cambiaría su nombre por el de “La Voz de España”.

Rueda de prensa del famoso boxeador de la categoría de los “pesos-pesados” Isidoro Gaztañaga. La fotografía, deteriorada por el paso del tiempo, corresponde al diario “La Voz de Guipúzcoa”, antes de la guerra civil. Sentado junto a éste, a la derecha de la imagen, el redactor deportivo Francisco Turrillas. Llama la atención el que prácticamente todos los asistentes, incluido Turrillas, por aquel entonces también boxeador, están fumando unos hermosos cigarros puros y consumiendo sendas cervezas.

Fue allí, años antes de la guerra, donde comenzó a forjarse como periodista, profesión que ejercería hasta su muerte. Su gran afición por el boxeo y la cesta punta hizo que, como redactor deportivo, además de sus habituales crónicas, se encargase también de cubrir las concernientes al mundo del ring y de la pelota. Muy grande debió ser su afición al boxeo, ya que además de ejercer como periodista, practicó este deporte, llegando en cierta ocasión a la final del campeonato de Gipuzkoa de aficionados en la categoría de pesos gallos.

Declarada la guerra civil, desde el primer momento se encuadró en las filas del “Euzko Indarra”, un batallón compuesto por jóvenes gudaris de “Acción Nacionalista Vasca”, partido de carácter nacionalista y laico que, en cierto modo, representaba el ala izquierda del abertzalismo de la época.

Con este batallón, al mando del comandante Ramón Laniella, además de luchar en Euskadi, marcharía al frente de Asturias. Años más tarde, con el sentimiento aún sangrante, recordaría aquellas amargas fechas en uno de sus artículos:

“Escarbando en la memoria, sí tengo grabada una, muy señalada, que no fue en tierra de vascos precisamente: cuando grité con el alma y el corazón, espontáneamente, con todas las fibras de mi ser, un ¡¡Gora Euzkadi!! que fue la más grande expansión de mi vida.

Ocurrió el suceso a orillas del Nalón, en Asturias. Exactamente, en un pueblo llamado Areces y en una atroz degollina, una orgía de sangre.

¿Te acuerdas Laniella? -cuando se trajeron los moros con nosotros y donde, pudriéndose como vil materia, quedaron al sol y a la luna cientos de gudaris, compañeros míos todos, vascos todos...”.

Francisco Turrillas, al poco tiempo de su llegada a Méjico. Posiblemente, la fotografía
corresponda al año en que éste, siguiendo instrucciones del Gobierno
Vasco en el exilio, puso en marcha la edición del diario “Euzko Deya”, del cual
sería el primer director.

Tras su regreso del frente asturiano continuó con su labor periodística, pero ya como redactor del diario de A.N.V. “Tierra Vasca”, del cual era director José Olivares, “Tellagorri”. Su labor en la redacción de este diario la compaginaba con el de corresponsal de guerra, a veces en primera línea de fuego, otras desde el aire, como cuando con el famoso aviador José Rivera, piloto del legendario “El Abuelo”, sobrevolaba las líneas del frente escudriñando los movimientos de las tropas enemigas.

En uno de sus artículos, dedicado a José Olivares “Tellagorri”, a quien siempre llamó “mi gran maestro”, Turrillas narraba un curioso hecho acaecido durante la época en la que desarrollaba su labor como corresponsal de guerra.

Acababa de llegar del frente y todavía sucio y embarrado, se dirigió a la redacción del diario Tierra Vasca, periódico editado en Bilbao y dirigido por “Tellagorri”, un hombre culto, de ademanes pausados y con un especial sentido del humor, siempre cargado de sorna.

Debido a su diferencia de edad con Turrillas, el director, que veía en éste al joven reportero inquieto y lanzado, le preguntó con toda la socarronería del mundo: ¿Y vosotros, además de comer buenas garbanzadas y de beber el sabroso “saltaparapetos”, qué es lo que hacéis en el frente?. A lo que el donostiarra, rápido, con desparpajo y con la misma ironía respondió: matar requetés, para que otros no pasen apuros en la retaguardia.

Tras la caída de Bilbao regresaría al “Euzko Indarra“, donde lucharía con el rango de teniente, hasta el famoso pacto o rendición de las tropas vascas al ejército italiano.

Debido a su interés, no quiero pasar por alto una interesante anécdota sucedida durante aquellas nefastas fechas. Una anécdota que, ahora fallecidos ya todos quienes la vivieron, me atrevo a comentar. La fuente proviene de mi propio padre, uno de los protagonistas de ésta, y hermano menor de Paquito.

Había caído Bilbao y el avance fascista era ya imparable. A mi padre, José Turrillas, el “Alzamiento” del 18 de Julio de 1936 le había cogido a bordo del crucero “Libertad” con base en el Ferrol, donde prestaba el servicio militar.

Ante el posicionamiento favorable de los jefes de la base hacia los sublevados, la tripulación amotinada del citado crucero se hizo a la mar, tomando el gobierno de éste y pasando por las armas a toda la oficialidad. Este hecho supuso para mi padre un verdadero trauma, debido a sus profundas creencias religiosas.

Aquella religiosidad motivó que cierto día, el suboficial que había tomado el mando del crucero, le pusiese una pistola en la cabeza diciéndole: "¡Txo!, tú también hueles a cirio". Buen olfato debía tener el anticlerical marino, pues mi padre acababa de salir del seminario de Vitoria.

Sin detenerme en demasiados detalles, sí quiero comentar que este buque fue uno de los que participó en la sonada e inútil expedición de la armada republicana hacia aguas de Gipuzkoa. Curiosamente, lo más sobresaliente de aquella expedición al Norte fue situarse a 3 millas frente a Deba, el 28 de Septiembre de 1936, y lanzar una serie de andanadas de grueso calibre, al parecer, con la intención de derribar el puente sobre el río Deba y hostigar así el avance de las tropas franquistas. Ninguno de los proyectiles hizo blanco, y la operación fracasó.

Al poco de aquella inútil expedición, mi padre fue destinado como amanuense al submarino C-4 . Al mando de la nave se encontraba otro guipuzcoano: Jesús Lasheras.

Es aquí donde retomo el hilo de la anécdota a la que me refería.

En plena retirada, coincidió que el submarino C-4 atracó en el puerto de Santander para reparar una serie de averías producidas por las cargas de profundidad lanzadas desde una nave franquista, y que a punto estuvieron de hacer naufragar al submarino.

Su comandante, Jesús Lasheras, un hombre al que nada entusiasmaba la causa republicana, viendo la caótica situación, había tomado la decisión personal de abandonarlo todo y largarse a Francia con la nave. El pretexto: realizar una profunda reparación de los daños. La realidad: una deserción en toda regla.

Conociendo que su hermano Paquito se hallaba en primera línea del frente, por la zona de Colindres, José Turrillas pidió permiso al comandante para visitar a éste y, al mismo tiempo, intentar convencerle de que aceptase su evacuación a Francia, a bordo del submarino.

Concedido el permiso, metió en su petate un queso de bola, varias latas de leche condensada y algo de tabaco, dirigiéndose al frente en busca de su hermano.

Tras los pertinentes fraternales abrazos, José intentó convencerle de la inutilidad de la resistencia, informándole de las masivas evacuaciones a Francia e Inglaterra. La respuesta fue tajante: él no abandonaba. Su responsabilidad como teniente del “Euzko Indarra” le obligaba a quedarse para correr la misma suerte que sus compañeros.

Y así sucedió, ya que al poco tiempo, tras el desgraciado “Pacto de Santoña” firmado con los mandos militares italianos, en el que se garantizaba la vida de todos los gudaris vascos sin distinción de rango, Paquito fue hecho prisionero y recluido en la prisión de El Dueso (Santoña).

En fechas anteriores recientes, según referencias orales, éste fue uno de los oficiales que participaron en las negociaciones con el Alto Mando Italiano para establecer el calendario y las modalidades de rendición. Por parte vasca, la operación estaba dirigida por el conocido dirigente del Partido Nacionalista Vasco, Juan Ajuriaguerra, con el que siempre le unió una gran amistad.

Al poco tiempo de su ingreso en El Dueso, Francisco Turrillas fue juzgado, y como tantos miles de vascos, condenado a muerte.

En espera de ser ejecutado transcurrieron 26 largos meses, un tiempo en el que tuvo la suerte de ser requerido para dar clases de inglés y taquigrafía a varios oficiales franquistas del centro penitenciario. Fue precisamente este hecho el que salvó su vida, pues cierto día, un alférez le transmitió en secreto una información de vital trascendencia: “Paco, mañana te toca a tí”.

Pero la desesperación de quien está en capilla, viendo cómo día a día se suceden las sumarias ejecuciones, había hecho que Paquito, junto a dos compañeros, tuviese preparado un plan de fuga, una locura suicida casi imposible de ser llevada a cabo.

O ahora o nunca, se dijeron. Y así, pocas horas antes de su ejecución, durante una noche de intensa lluvia, lograron materializar su plan tras saltar muros y alambradas.

Aquella fuga era tan sólo el primer capítulo de una larga aventura que acababa de comenzar. Perseguidos, cansados, hambrientos y enfermos, Paquito y sus dos compañeros sacaron fuerzas de donde no había para llegar, siempre a pie y por el monte, desde Santoña a Iparralde(País Vasco en territorio francés).

Pero cuando pensaban que su tortura había acabado, fueron detenidos por la gendarmería francesa, que automáticamente los llevó hasta el puente de Behobia para entregarlos a las autoridades españolas, lo que significaba su inmediato fusilamiento.

Tras suplicar una y mil veces no ser entregados, la gendarmería, como queriendo darles una oportunidad entre un millón, desistió en la entrega, permitiéndoles lanzarse al agua y cruzar a nado el Bidasoa.

Desgraciadamente, los dos compañeros de Paquito no pudieron conseguirlo. Tiroteados por la guardia fronteriza, sus vidas acabaron de forma tan ingrata como injusta. Él, de momento, se había salvado, pero su persecución continuaba.

De nuevo huyendo, siempre con la muerte en los talones, consiguió llegar hasta Donostia, donde fue escondido por unos amigos durante 22 largos meses. Ni qué decir que durante ese tiempo, uno de los reclamos publicitarios, tanto en prensa como en radio, fue el de:

SE BUSCA, Francisco Turrillas, vivo o muerto.

No queriendo comprometer a quienes le escondían, abandonó su escondite, consiguiendo llegar a Madrid, y desde allí a Lisboa, donde sus penalidades continuaron, al mismo tiempo que se acrecentaba su desesperación.
Después de su larga y penosa estancia en Lisboa, tras realizar mil peticiones y gestiones a través de la Delegación mejicana en Portugal y de la Delegación del Gobierno Vasco en Londres, consigue llegar a Méjico.
Fiel reflejo de ello es la carta que desde allí envía a la Delegación del Gobierno de Euzkadi en Londres, cuyo texto íntegro, debido a su interés, se reproduce a continuación.
Carta enviada por Francisco Turrillas desde Lisboa a la “Delegación del Gobierno de Euzkadi” en Londres. El original se conserva en el Archivo del Nacionalismo (Fundación Sabino Arana).
A continuación, transcripción mecanografiada de la misma.









































































Después de su larga y penosa estancia en Lisboa, tras realizar mil peticiones y gestiones a través de la Delegación mejicana en Portugal y de la Delegación del Gobierno Vasco en Londres, consigue llegar a Méjico. 

Lo primero que hace al llegar es cumplir la promesa hecha en Lisboa: acudir, caminando de rodillas, a dar las gracias a la Virgen de Guadalupe.

Como buen vasco cumplió su palabra, y al salir del templo, sucedió algo digno de ser narrado.

Tras cumplir su voto, vio que en el exterior del templo había un fotógrafo cuyo argumento de venta era fotografiar al personal sobre un caballo. Por supuesto, al auténtico estilo mejicano: con gorro, bigotes, cartucheras cruzadas y dos pistolas. No se lo pensó dos veces y subido encima del caballo, se fotografió como si de Pancho Villa se tratara, solicitando tres copias de la instantánea. La primera se la envió “dedicada” al jefe de la prisión de El Dueso, de donde había escapado. Las dos restantes las envió a su familia y a un amigo de toda la vida.

Asentado ya en tierras mejicanas, en 1943 el Gobierno Vasco en el exilio le encomienda la publicación del periódico “Euzko Deya”, que ese año saldría de máquina con una periodicidad quincenal y del que en su edición mejicana sería el primer director. Uno de los colaboradores más habituales de este periódico fue el navarro Manuel de Irujo, el cual, regularmente, le enviaba sus crónicas desde Londres, y con el que Turrillas a veces tuvo sus desavenencias periodístico-políticas, pues según éste, a los dos les salía la vena navarra. No obstante, como puede leerse en la correspondencia mantenida entre ellos, sus cartas comenzaban con el “Estimado compatriota y amigo”.

En 1945, Turrillas crea la revista quincenal “Cancha”, una publicación sobre el mundo de la pelota, su gran afición, colaborando también con numerosos periódicos y revistas de la época.

Su círculo de amistades estaba formado por vascos también exiliados, entre los que por citar algunos nombres, se encontraban Isidro Langara, el gran futbolista de la Selección Nacional de Euzkadi, o el famoso puntista ondarrutarra Guillermo Amuchastegui. A pesar de ello, siempre hubo sitio en la “cuadrilla” para mejicanos como el famoso compositor Agustín Lara, autor de obras tan conocidas como “Granada”, “Piensa en mí” o el mismísimo chotis “Madrid, Madrid, Madrid”.

Con mucha gracia, Turrillas contaba, cómo cierto día, Lara le llamó a casa diciéndole:
- Paco: estoy componiendo algo diferente, y quiero que vengáis para ver qué os parece y darle carpetazo.
- ¿Y qué es?, preguntó Turrillas.
- Es un chotis al que voy a titular “Madrid, Madrid, Madrid”.
- Agustín, déjate de milongas, que nosotros somos vascos y no nos atrae mucho el tema, replicó Turrillas.

La imagen corresponde probablemente al año 1948. A la izquierda de la fotografía, el compositor mejicano Agustín Lara; en el centro, sentado al piano,
el pelotari Guillermo Amuchastegui; a la derecha, FranciscoTurrillas.
Ante la insistencia de Lara, allí se presentó la cuadrilla, según Turrillas porque en casa de Agustín siempre había buenos wiskys. El caso es que el singular preestreno acabó como el rosario de la aurora; es decir, con una buena rociada de los más selectos brebajes escoceses y con cánticos hasta altas horas de la madrugada.

Muchos años después, muerto ya Lara, Turrillas realizaría su único y último viaje desde Méjico a su querida Donostia. Pasó por Madrid, donde permaneció uno o dos días. Y como queriendo visitar a un viejo amigo, se dirigió al monumento que el pueblo de Madrid había levantado al compositor. Situado frente a éste, alzó la voz, y sin ningún complejo gritó: ¡Agustín! ¡Ya estoy aquí. Por fin he vuelto!

Lógicamente, los transeúntes le miraron pensando que se trataba de un demente.

Durante su vida mejicana, además de desarrollar una intensa actividad periodística, en la que también colaboró con el periódico “Tierra Vasca - Euzko Lurra”, editado en Buenos Aires, Francisco Turrillas publicó varios libros: “Neuk”, “Sirimiri”, “La pelota es redonda” o “Sobre el mismo lodo”, son recordados todavía.

En este último plasmó su propia autobiografía, narrando sus vivencias durante la guerra civil y su fuga de la prisión de El Dueso, hasta llegar a Méjico.

Fue tal el éxito de esta publicación en aquellos momentos, que hasta una importante productora cinematográfica norteamericana quiso hacerse con los derechos, para realizar un largometraje sobre su vida.

Y es que la vida de Francisco Turrillas superó con creces a la mejor película de acción, con capítulos tan interesantes como el que en una reunión entre amigos se comentaba:

- Cuéntales Paco, cuéntales la novia que tuviste durante varios años.

Paquito siempre se hacia el remolón como queriendo ocultar lo que pertenecía a su vida privada. Y es que al parecer, Turrillas, solterón empedernido, tuvo durante varios años un amor secreto o casi secreto. Se trataba de la mismísima secretaria personal del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.

Como puede desprenderse de sus cartas, con el transcurso de los años, su edad, sus negras experiencias y su genético inconformismo hicieron que el carácter de éste se rebelase contra todo sistema establecido, aislándose y rompiendo muchos vínculos, dejando incluso de frecuentar el Centro Vasco; según él, porque por allí rondaban demasiados tiburones.

Pocos años antes de su muerte, sucedió que Manuel de Irujo realizó un viaje a Méjico, acudiendo al Centro Vasco. Algo muy grave debió ocurrir años antes entre el dirigente nacionalista, exministro de la República, y Fco. Turrillas, pues ambos habían dejado de hablarse.

Fco. Turrillas en Donostia. Fue el único viaje que realizó a lo largo de su prolongado exilio.

Informado Irujo de que Turrillas se encontraba allí, se dirigió a él para saludarle, no siendo correspondido. Ante el desprecio del donostiarra, Irujo insistió, rogándole que olvidase viejos asuntos, pues por la edad de ambos, probablemente, aquélla sería la última vez que se viesen.


Al final, pudo el sentimiento. Y los dos, ante el aplauso general de los asistentes, se fundieron en un fuerte abrazo llorando como niños.

Durante su prolongado exilio, Turrillas realizó tan sólo, un viaje a su amada Euskal Herria. Fue poco antes de morir. El tiempo que estuvo aquí se quedó corto debido a los numerosos homenajes realizados por sus amigos de siempre. Entre ellos se encontraba el ya mermado grupo de boxeadores donostiarras de su juventud. Uno de ellos, el recordado Paco Bueno.

La vida de Turrillas, a quien Miguel Pelay Orozco definiría como “periodista de pluma muy suelta y galana”, acabó en Méjico. Rodeado tan sólo por un puñado de incondicionales y verdaderos amigos.

En su entierro no se escucharon los sones de “México Lindo” ni del “Eusko Gudariak”. Tan sólo el silencio acompañó al viejo exiliado.

Durante su vida, hubo dos momentos que utilizó periodísticamente la frase de un salmo bíblico que, como epitafio, quedó grabada en la tumba del obispo San Antonio María de Claret y que también podría haberse utilizado en la suya. Una, le sirvió como titular de un artículo publicado en los años 60 en el “Tierra Vasca”. La otra, la utilizó como introito en su libro “Sobre el mismo lodo“:

Amé la justicia y aborrecí la iniquidad,
“por eso muero en el destierro”.
 

Artículo publicado en la revista DEBA, ejemplar del Invierno 2005.

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